Cuando la moda desplaza al cine...

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La última celebración de los Oscar se ha desvelado como una de las ediciones con mayor repercusión mediática de su historia Este evento “solo” es el punto y final a un calendario de frenéticas semanas de actividad para reforzar la relación entre la moda y las estrellas de cine. 

La máxima entidad de la versión estadounidense de Vogue, Anna Wintour, lo ha repetido hasta la saciedad: “Una portada con una actriz vende mucho; con una modelo, poco“. Y lo ha llevado casi a rajatabla a excepción de algún titubeo con supermodelos que han conseguido estar en la codiciada portada por alguna razón casi sociológica más que por su carisma o fama. La apuesta de Wintour por el mundo del cine y, en ocasiones por el deporte, desveló en algunos medios especializados el rumor acerca del hecho que muchos diseñadores alteraban el calendario de sus desfiles para que la poderosa directora estuviera en su primera fila y, que a su vez, pudiera acudir a la entrega de los premios de cine más importantes del mundo sin necesidad de elegir entre uno u otro evento. Es obvio por cuál se decantaría la periodista de origen inglés si se viera forzada…

Fuente: D.R.

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Y todo ello, además de esta anécdota Made in Wintour, se analiza durante la resaca de una ceremonia cuyo único interés parece haber quedado circunscrito a la alfombra roja, vertiginosamente narrada por millones de personas en Twitter, plataforma consolidada como la más utilizada esa noche con decenas de hashtag y valoraciones de millones de seguidores acerca de las actrices y sus vestidos. Pero los Oscar son mucho mas que eso. La maquinaria de marketing más potente del mundo se activa meses antes, cuando una estrategia diseñada al milímetro se sincroniza para conectar Los Ángeles, Nueva York, París y Milán con el fin de convencer literalmente a las estrellas nominadas o no nominadas (¿qué más da si te apellidas Kidman o Moore?) para que vistan exclusivos vestidos de lujosas marcas y diseñadores. No existe persona con un mínimo de poder que no se traslade a Los Ángeles los días antes de los Oscar para acudir a fiestas, presentaciones o cenas a las que el acceso se ha vuelto tan restringido que solo el Olimpo de editores, directores de cine, productores o celebridades que apenas se dejan ver el resto del año, a excepción de Cannes, una cita cinematográfica que merece una consideración aparte, se condean entre ellos como un raza en extinción.

En esta ocasión hubo dos citas de las que la prensa más respetada aseguró como advertencia implacable que había que estar “sí” o “sí”. Una era el desfile de Tom Ford, que dejaba Londres para presentar su colección en Los Ángeles apenas 24 horas antes de la entrega de los Oscar, lo que obligó a muchos publicistas a manejar con maestría las agendas de sus clientes más importantes que, a su vez, también habían sido invitados a una cena organizada por la firma Chanel. Allí estaban Julianne Moore, Jessica Chastain, Mick Jagger, Scarlett Johansson, Keira Knightley… Una lista tan escandalosamente importante que la repercusión de la propia ceremonia parecía minimizarse ante el aluvión de fotos, comunicados y vídeos que se generaban en torno a cada cita previa a ella. Y si a ello le sumamos que los ganadores parecían tan evidentes en esta edición, pues nos enfrentábamos a una expectación trasladada a eventos satélite, como la cena del productor de Miramax, Harvey Weinstein, a cuya llamada sencillamente nadie se atreve a buscar excusas. Allí se cierran acuerdos publicitarios, se negocian contrataciones de actores o directores, se comparten teléfonos o correos y, en definitiva, se gesta lo que el resto de los mortales aplaudiremos o abuchearemos en los próximos meses, cinematográficamente hablando.  Según apunta el diario The New York Times sobre esta cuestión, apenas hemos vivido momentos de escalofrío si olvidamos el Chanel de alta costura de Julianne Moore o el gélido vestido de perlas que la oscarizada Lupita Niong’o vestía por obra y (poca) gracia de Francisco Costa, director creativo de Calvin Klein, quién ha debido aplaudir la repercusión posterior por el robo de la pieza valorada en 150.000 dólares.

Fuente: D.R.

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La maquilladora de muchas estrellas Charlotte Tilbury, que aprovechó la actividad cinematográfica de la semana pasada para presentar oficialmente en Los Ángeles una colección de color bajo su propia firma, me dijo en una ocasión que la entrevistaba en Londres que los Oscar acabarían convirtiéndose en una feria sin otro particular que vender productos de lujo. Y no parece que se haya equivocado, aunque la única esperanza que nos queda es que el entorno no se deteriore para restar emoción a una cita que aún sigue manteniendo el aura inalcanzable para los millones que únicamente pueden disfrutarla a través de la televisión o las redes sociales. Quizás si ese sentimiento onírico que el cine aún despierta, sumado al glamour y el misterio, aunque cada día más escaso, de las celebridades que lo protagonizan se diluyera entre tanta estrategia de marketing, dicha feria ya no sería tan rentable como por el momento parece serlo. Al fin y cabo, y como decía en la fiesta de Vanity Fair la diseñadora Diane von Furstenberg, “esta ya no es la fiesta de los Oscar; es una fiesta de la moda a la que todo Nueva York viene para dejarse ver en Los Ángeles. Sin duda, todo ha cambiado mucho“.

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